EL DESAFIÓ MÁS IMPORTANTE DE NUESTRA ERA.

Reconectar con la naturaleza y con nosotros mismos.

Durante miles de años, los humanos sabíamos muy poco sobre la dinámica del planeta, celebrábamos nuestras fantasías mientras denigrábamos la realidad. Como escribió el filósofo español Miguel de Unamuno: "De el misticismo de los visionarios religiosos de la antigüedad surgió una intolerable disparidad entre la inmensidad de su deseo y la pequeñez de la realidad". Ahora, con los avances de la ciencia, se ha vuelto evidente de manera humillante que la creatividad de la naturaleza sobrepasa la nuestra por márgenes inimaginables.


Avanzamos mucho en las ciencias, en los conocimientos, en la física, la química, las matemáticas, pero descuidamos la organización social, el contacto con la naturaleza de la que somos parte, descuidamos las relaciones con nuestros pares y, peor aun, descuidamos nuestro interior. Y no sólo no avanzamos, sino que podría decirse que retrocedimos unos cuantos pasos.


La distancia entre progreso técnico y evolución interior


Toda la innegable evolución que hemos tenido en las ciencias, no se ha visto reflejada ni mucho menos en una evolución interna, espiritual, moral, ética, solidaria y ese está siendo nuestro gran déficit. Nuestra materia pendiente para estar preparados para ese gran cambio que ya se ha iniciado a nivel planetario.


Mayas, Aztecas, Incas, Griegos, Egipcios, grandes culturas en el Medio Oriente y muchos otros pueblos de la antigüedad, han estado más evolucionados que nosotros en muchos aspectos o, mejor dicho, hemos involucionado respecto de ellos en muchas áreas. Estas civilizaciones mantenían una relación sagrada con la Tierra, comprendían los ciclos naturales y vivían en mayor armonía con su entorno. No idealizamos su existencia, pero reconocemos la sabiduría que cultivaron y que hemos perdido.


El daño de la desconexión


Deshacer el daño psíquico que han producido más de 200 años de mala educación en occidente, basada en la separación de la humanidad y el resto de la vida en la Tierra, es una parte importante del desafío al que nos enfrentamos en la actualidad científicos responsables y ambientalistas. Esta división artificial entre ser humano y naturaleza ha sido quizás el error más costoso que hemos cometido como civilización.


No existe un desafío más apremiante ni más fundamental que desarrollar un estilo de vida sostenible para la humanidad. Todo lo demás es secundario. Si no podemos afianzar los cimientos biofísicos de los que dependen nuestras vidas, cualquier otro reto al que nos enfrentemos (ya sea espiritual, político o económico) será, por definición, completamente irrelevante.


La asombrosa diversidad con la que coexistimos


Científicos calculan que compartimos el Planeta con 30 millones de especies más, algunos estiman, que en la Tierra podrían existir más de 100 millones de especies diferentes de plantas y animales.


El ADN, componente básico de la vida, ha adoptado grandes números y variadas formas de vida. Hasta la fecha, se ha descrito una pequeña proporción: Un poco más de 1,750,000 especies. Cada una de ellas representa una solución única al problema de la supervivencia, una manifestación irrepetible de la creatividad biológica, un experimento exitoso de la naturaleza que ha perdurado por milenios.


Motivos para la esperanza


Lo maravilloso de nuestra situación actual es que, a pesar de los desafíos, estamos en un momento único de toma de conciencia colectiva. Por primera vez en la historia, tenemos:


  • Conocimiento científico que nos permite entender los sistemas naturales y nuestro impacto en ellos.
  • Herramientas tecnológicas que bien utilizadas pueden ayudarnos a vivir de forma más sostenible.
  • Conciencia global creciente sobre nuestra interdependencia con todos los seres vivos.
  • Movimientos sociales dedicados a promover la justicia ambiental y el respeto por la vida.
  • Sabidurías ancestrales que estamos redescubriendo y revalorizando.


Los jóvenes de hoy están más conscientes y más dispuestos a cambiar sus hábitos de consumo, a cuestionar el paradigma de crecimiento infinito en un planeta finito, a buscar formas de vida más conectadas con lo esencial.


Preparándonos para un nuevo amanecer


Para estar preparados para el "fin del mundo" —entendido no como una catástrofe apocalíptica sino como el fin de esta Era y el inicio de una nueva—, necesitamos reencontrarnos con la naturaleza, contactarnos con ella y nuestro prójimo, reflotar los valores más altruistas para con todo ser vivo que habite el planeta, porque cada uno es parte necesaria para la supervivencia del otro.


Debemos estar preparados para algo totalmente desconocido, para los nuevos paradigmas que regirán el inicio de una nueva Era, donde si no hemos aprendido de los errores cometidos hasta ahora, no sobreviviremos. Pero si hemos logrado esa "evolución" —ese despertar de la conciencia— podremos construir y disfrutar un mundo mucho mejor para nuestra especie y todas las demás con las que existimos en este momento del tiempo en el tercer planeta desde el sol.


Un llamado a la acción y a la reflexión


Cada pequeña acción cuenta. Cada decisión consciente sobre lo que consumimos, cada momento dedicado a contemplar la naturaleza, cada conversación significativa sobre nuestro lugar en el cosmos, cada semilla plantada, cada niño educado en el respeto por toda forma de vida.


No estamos condenados a repetir los errores del pasado. Tenemos la capacidad de aprender, de evolucionar conscientemente, de trascender nuestras limitaciones y reconocer nuestra verdadera naturaleza como guardianes y no dueños de este planeta azul que nos acoge.


El futuro no está escrito. Se construye con nuestras decisiones diarias, con nuestra capacidad de soñar y de hacer realidad esos sueños. La crisis que enfrentamos es también una oportunidad sin precedentes para recordar quiénes somos realmente y cuál es nuestro propósito en este maravilloso tejido de vida.


La esperanza no es ingenua cuando se acompaña de acción. Y el momento de actuar es ahora.






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